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Soy psicóloga con enfoque cognitivo, egresada de la Universidad CES de Medellín, Colombia. Cuento con una especialización en Género con orientación en Violencia Basada en Género (VBG) por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), programa Uruguay, institución donde curso actualmente mi maestría en el mismo campo.
Mi trayectoria profesional inició brindando apoyo a personas en duelo por fallecimiento durante la pandemia de COVID-19. Esta experiencia fue el motor que me impulsó a especializarme en violencia basada en género y a integrar la epistemología feminista como el marco de referencia fundamental de mi ser, estar y quehacer profesional.
Con siete años de experiencia en consulta individual, también me he desempeñado como docente de psicología social, he facilitado la formación de agentes de cuidado en temas de duelo y he liderado diversos procesos de intervención psicosocial.
La psicología feminista no es una subdisciplina que simplemente añade a las mujeres como objeto de estudio. Se trata de una crítica epistemológica y política a la psicología tradicional, que cuestiona la supuesta objetividad y neutralidad del conocimiento científico. Al igual que otras ciencias, la psicología ha situado históricamente al hombre blanco, del norte global, adinerado y heterosexual como el modelo universal de lo humano, definiendo desde esa mirada qué se considera 'saludable' en salud mental.
Este sesgo no solo ha invisibilizado las experiencias de mujeres, personas negras e indígenas, diversidades sexo-genéricas, clases trabajadoras, infancias, vejeces y personas con discapacidad; también ha impulsado su patologización. Al desconocer la influencia de las estructuras sociales que generan discriminación, la disciplina ha convertido problemas estructurales en malestares individuales.
De esta manera, el acompañamiento psicológico feminista no parte de una escuela única ni de técnicas rígidas, sino que orienta filosófica y éticamente la práctica profesional, integrándose a diversos enfoques clínicos, que en mi caso es el cognitivo. Bajo esta mirada, el malestar se entiende como una respuesta a condiciones socioculturales desiguales y opresivas. No se trata de desconocer el sufrimiento individual, sino de devolverle su contexto sociopolítico esencial.
Lo personal es político: el malestar no es un asunto meramente privado, sino que echa raíces en estructuras sociales y políticas. Al desprivatizar el sufrimiento, logramos comprenderlo en su contexto; así, no solo buscamos aliviar los síntomas, sino gestionar transformaciones.
Análisis de las condiciones socioculturales: reconocemos que los síntomas no son sólo fenómenos intrapsíquicos, sino respuestas políticas a un sistema que utiliza las desigualdades y las relaciones de poder para forzar nuestra adaptación. Aquí, el síntoma se reencuadra como un mecanismo de supervivencia con sentido histórico y geográfico, fomentando el pensamiento crítico y la soberanía sobre la propia experiencia.
La autodeterminación como horizonte: no buscamos la adaptación a los mandatos sociales, sino la liberación de ellos. Promovemos la autonomía económica (especialmente en las mujeres), psicológica y emocional para romper con la conformidad social, permitiendo que cada persona defina su identidad y gestione sus decisiones de manera autónoma.
La relación terapéutica horizontal: rompemos con la jerarquía del modelo médico tradicional, en el que como profesional se ostenta un poder de experticia sobre otra persona en calidad de "paciente". En su lugar, reconocemos que quien consulta posee un conocimiento situado y es experta en su propia historia; por ello, trabajamos bajo un modelo de colaboración mutua.
La ética del cuidado: Reivindicamos el cuidado no como un deber moral femenino impuesto en el ámbito privado, sino como una herramienta de resistencia y acción política frente a las desigualdades estructurales. Entendemos que la identidad y el sufrimiento no ocurren en el vacío, sino en conexión con otros. Por eso, validamos la experiencia relacional y la orientamos al sostenimiento colectivo, rechazando el adormecimiento del malestar en favor de un bienestar que no sea exclusivamente individualista.
Es un enfoque desarrollado por Michael White y David Epston que busca transformar sentidos de identidad limitados por los problemas en relatos de empoderamiento. Es común que lleguemos a terapia sintiendo que “soy un problema” o que todo nuestro ser y experiencia está definida por el sufrimiento. La Terapia Narrativa nos ofrece una mirada diferente: entiende que no somos nosotros quienes estamos "dañados", sino que estamos habitando historias que nos limitan.
El objetivo es identificar esos relatos dominantes que nos limitan, cuestionarlos y reescribir nuestra historia pero esta vez contada a voz propia, lo que permite reconocer las capacidades y potencialidades que tenemos para diseñar y orientar la vida de manera autónoma.
Claves fundamentales en la terapia narrativa:
Las personas no somos el problema: este es el punto de partida. Separamos la identidad de las dificultades que atravesamos. Al entender que “la persona es la persona y el problema es el problema”, dejamos la culpa a un lado y empezamos a ver cómo opera ese problema para poder enfrentarlo.
Las historias que nos constituyen: reconocemos que no percibimos el mundo de forma aislada, sino a través de los relatos que construimos. Algunas de nuestras historias son ”saturadas de problemas”, dejando nuestras capacidades en un segundo o tercer plano. Por eso, necesitamos identificar y rescatar la totalidad del relato, especialmente aquellos momentos en los que el problema no era protagonista, para dar cuenta de los propios valores y capacidades.
Re-escritura y agencia: “curar” no es el objetivo, sino facilitar una “re-autoría” de nuestra vida. Deconstruir los discursos sociales y culturales que nos limitan para generar una descripción densa y rica sobre quienes somos, nos permite recuperar el sentido de mando sobre la propia vida.
Contexto y justicia social: una vez más, entendemos que el malestar no ocurre en el vacío, sino que está influenciado por las normas sociales con marca de género, raza, clase social, entre otros. Identificar esas “verdades” impuestas que nos subyugan y comprenderlas, nos permite convertir lo que parece una falla personal en una respuesta política y social, dando cuenta de nuestras experiencias situadas como lugares de resistencia.
Relación terapéutica colaborativa y horizontal: se redefine el rol profesional, desplazando el posicionamiento de experticia que diagnóstica y prescribe soluciones a uno que opera en el lugar de la colaboración o co-autoría con preguntas estratégicas que funcionan como andamios para que la persona consultante, que es la experta en su vida, pueda moverse del problema conocido a una nueva historia posible.
Inspirada en los planteamientos de Rita Segato, entiendo el proceso terapéutico no como una intervención solitaria de una “experta” sobre un “paciente”, sino como un proceso de interlocución real. Cómo la autora, no creo en la introspección aislada; el pensamiento se potencia, se moviliza y se transforma cuando entra en relación con otra persona.
La conversación es un acto de resistencia en un mundo que cada vez nos aísla más, permite tejer vínculos y sentidos; y esta capacidad de vinculación amerita ser reivindicada frente a una realidad que nos empuja constantemente al individualismo.
Además, la conversación permite nombrar la experiencia y ponerle nombre a lo experimentado; lo que no se nombra, no existe en el plano material y por tanto, no puede ser transformado. Nombrar los dolores y los placeres, las opresiones y las resistencias, arroja luz sobre nuestras realidades para convertir las experiencias en herramientas políticas para lograr gestionar la vida en nuestros propios términos.
Finalmente, la conversación permite desmontar la obediencia y el dogma, presentándose como un escudo que nos defiende de las estructuras rígidas que no solo nos limitan, sino que nos exigen lealtad ciega a costa del bienestar. Pensar en conversación permite abrir la puerta a la duda, la incomodidad y la reflexión crítica para desmontar esas verdades impuestas que subyugan nuestros sentidos y sentires.